
El último sol de un martes tórrido se consume a espaldas de la Estación de Autobuses de San Andrés. Más allá de la arteria principal, … la Plaza de San Ginés comprende un rincón de paso donde la Carnicería Mi Tierra, decorada con banderas de toda Latinoamérica, y un locutorio que anuncia envíos de dinero a casa dibujan las vistas desde el bar que hace picoesquina con la calle Huertas. Dentro del Afro Bay, sin embargo, todas las miradas convergen en un televisor gigante.
El olor a hierbabuena del bissap granate viaja desde la barra hasta las mesas; decenas de caminos de ida y vuelta entre rastas de todas las longitudes, el contraste grosero del rubio platino y una media docena de gorras de los Yankees. Nueva York al otro lado de la pantalla; una mera coincidencia entre el respeto a La Marsellesa y el estallido local tras los últimos acordes de los Leones de Teranga. Ha llegado el momento: Senegal vuelve a medirse con Francia en un Mundial 24 años después de la noche en que un país entero bailó sobre el viejo orden.
Ni una silla libre en el restaurante senegalés del corazón de San Andrés cuando terminan los himnos, y una treintena de entrenadores entre máscaras talladas en madera, salteadas por una decoración navideña olvidada hace meses. Entre dos aires acondicionados apagados aún se puede leer el letrero de ‘El Rincón del Primo’, un vestigio del pasado de antes de que Baba resucitara el local. Bajo el televisor, un ventilador remendado en fiso gira extenuado frente a la grada, abducida por la pantalla en un primer tiempo con más ímpetu que ritmo.
«Para un senegalés, el fútbol es como la segunda religión», explica Moctar, intérprete en la asociación ACCEM, tras un centro lateral de Diouf que la zaga ‘bleu’ despeja sin despeinarse, pero que la grada local canta como un penalti a favor en el Afro Bay. La 1 retransmite el partido en abierto, pero el francés de BeIN Sports narra un duelo sin ritmo entre los clamores en wólof cada vez que Senegal pasa la línea divisoria. Un Mundial siempre es diferente, por más que la FIFA se empeñe en prostituir el único torneo capaz de detener el mundo cada cuatro veranos. Más aún en un Senegal-Francia.
Una imagen sagrada
Porque Francia no se pronuncia del mismo modo en Dakar que en París; ni ningún veterano senegalés recuerda aquel 31 de mayo de 2002 como un simple partido de fútbol. «Fiesta. Fue fiesta grande», resume Abdoulaye Fall, cargado con una sonrisa para resumir aquel remate de Papa Bouba Diop que tumbó a la vigente campeona en el debut mundialista de Senegal. La historia ha pasado entre generaciones como una fotografía sagrada. Mamadou, un joven de 18 años que lleva siete en Murcia, ni siquiera había nacido entonces, pero ha escuchado cientos de veces aquel remate que derribó de golpe varias décadas de jerarquías heredadas. «Les ganamos cuando nadie se lo esperaba», explica mientras los anuncios se suceden durante la pausa de hidratación. «Ahora es como si tuvieran encima el peso del país», simplifica, certero, sobre un duelo que trasciende al fútbol.
«Este partido tiene mucho significado por la historia que nos une a Francia, porque Senegal fue colonia francesa durante mucho tiempo», sostiene Moctar. Para él, que vivió aquel triunfo de 2002 en el barrio murciano de San Esteban, «fue como haber ganado el Mundial». Detrás de la celebración, una presencia colonial demasiado larga para caber en una sola palabra: escuela, idioma, administración, recursos, oportunidades y familias partidas. Senegal se independizó de Francia en 1960, pero cuando el cuadro dirigido por Pape Thiaw encadena cinco pases seguidos en la pantalla del Afro Bay, el conato de ovación no celebra una simple posesión. Representa la posibilidad de disputar otra vez el relato, aunque se lamenta con el fallo a bocajarro de Ismaila Sarr que cierra el descanso con tablas.
Polémica en Afro Bay
Un disparo desviado de Désiré Doué inaugura el segundo tiempo. «¡No te has esperado al gol!», reprocha el camarero cuando el fotógrafo cruza la puerta. Sonrisas desde la grada, miradas al móvil para contener los nervios y platos de ‘firir’ de banda a banda, pero la tele se funde a negro y las miradas se centran en la barra. Un teléfono conectado a la televisión impide que vuelva la señal, y tras cinco minutos de reproches en la lengua de los secretos, la imagen vuelve con la parada salvadora de Edouard Mendy al disparo cruzado de Olise.
«Al final está todo normalizado. La mayoría del equipo de Francia tiene raíces en otros sitios», resume Ibrahima, un murciano de 17 años hijo de inmigrantes senegaleses, cuando la realización enfoca a Dembelé, actual Balón de Oro cuya madre hunde sus raíces en Senegal. «Al revés pasa lo mismo: muchos de nuestros jugadores han nacido en Francia», sintetiza antes de contener el aliento por la caída de Mbappé en el área. El VAR revisa un posible penalti cometido por Sadio Mané, un verdadero héroe nacional, pero Abdoulaye se gira y espeta: «Nada». El árbitro mira el monitor y repite: nada. Piscinazo de época y decibelios de gol en el interior del Afro Bay.
Siempre quedará el 2002
Culos inquietos entre acusaciones de ‘zigzag’ y ‘fururu’ contra el primer plano del astro francés. «Los insultos son en wolof y las cosas bonitas también», explica Ibra con el jarro de agua fría en el cuerpo. El pase genial de Olise, la definición cruzada de Mbappé y el 1-0 en el Afro Bay. A los dos minutos, el zapatazo de Nicholas Jackson revienta el local, pero estaba demasiado solo. Brazo arriba y todo anulado. Tanto el empate senegalés como la fiesta murciana.
La televisión aún muestra a Francia en campo propio, pero alguien da la alarma. Las dichosas aplicaciones. El resto saca el móvil, con la necesidad de comprobarlo por sí mismos, y todo es cuestión de segundos. El balón largo, dos toques y la picadita letal de Barcola. El Afro Bay pierde a la mitad de efectivos, el resto, resignados, vibran con el derechazo de Mbaye, una celebración loca que todavía dura cuando Mbappé pone el 3-1 definitivo directo desde el Louvre.
Platos para llevar y bocadillos de barra entera. El Campeón de África, diga lo que diga quien quiera, ha claudicado contra Francia. Tampoco les quita el hambre, se han ganado el pan en la grada del Afro Bay. Más allá de las máscaras, el aroma a carne especiada y un ventilador incansable, el partido continúa fuera. En la Plaza de San Ginés, ese exiguo cruce de acentos en el corazón de San Andrés, unos charlan y otros se separan. Postpartidos encendidos y caminos resignados de vuelta a casa. Demasiado ‘zigzag’ y ‘fururu’ en Francia. Siempre les quedará el 2002.

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Enlace de origen : El Mundial se vive en wólof en San Andrés