
Entre partido insustancial y partido insustancial del Mundial hemos llegado al viernes. En estas antípodas del lunes tenemos unos estrenos pintureros que harán olvidar la … decepción con la cuestionada Selección Española y con el repudiado Zapatero.
Por cierto, hablando de juguetes rotos, los más famosos del mundo son los de la saga Toy Story, una magistral inventada (esta de verdad) de dos genios, John Lasseter y Pete Docter. Hace treinta años crearon un mundo que los niños ya habían soñado, ese en el que sus juguetes cobraban vida propia. Ellos fueron más allá, haciendo casi más real ese lado del espejo que el otro, con sus propias reglas y sus propios deseos. Así descubrimos a Woody y Buzz Ligthyear y su universo cerrado como en un ‘El show de Truman’ (1998), que ya hemos podido disfrutar en cuatro entregas (aún nos emocionamos con la escena de la tercera en que están a punto de caer en la fundición).
La quinta llegó el miércoles a nuestra cartelera, y lo hizo con todo el aparataje de publicidad que Disney sabe dar a sus grandes apuestas (como Trump antes del gatillazo iraní). El miedo no residía en eso, sino en si estaría a la altura de las precedentes, y lo está (six seven). Pues en ella encontramos el humor para grandes y pequeños, pero también la originalidad que se le presupone y la pericia técnica extraordinaria que damos por descontado. Que el enemigo de los muñecos sea una pantalla ya nos sitúa en un debate muy actual, en un momento en el que consideramos amigos a los contactos de Facebook, tomamos un match como la flecha de Cupido y creemos que las vidas de Instagram son auténticas. No es la mejor de la saga, pero se agradece que nos alejen de la sucia verdad durante 102 minutos.
En el debate sobre la emigración que se quiere poner tan en primera línea por propios y extraños (que se lo digan al papa en Canarias), viene a participar ‘Dreams’, pero no sabemos si con una apuesta sincera, con punto de vista propio, o sólo con el ánimo de arrimar el ascua taquillera a su sardina. Me temo que es más lo segundo porque la historia que nos narra de un amor tóxico entre una mujer acomodada del primer mundo y un espléndido efebo inmigrante indocumentado, no es el cuento de ‘Babel’ (2006) sino un relato de relaciones de poder, donde la procedencia del chico sólo sirve para justificar la sumisión. Jessica Chastain hace uno de esos papeles intensos en los que tanto se prodiga (por Dios, que alguien le ofrezca una buena comedia), y el director lleva la tensión más allá de lo esperable en un drama ¿amoroso? El resultado es una película a medio camino entre sección oficial de sesudo festival y el mainstream.
Las cuestiones sexuales en el cine se tienen que tratar con ciertas dosis de humor para poder llegar al gran público. A evitar cosas como ese adefesio de porno soft que era ‘Nynmphomaniac’ (2013). Por eso la apuesta de ‘El placer es mío’ va más en la línea de ‘Todo lo que siempre quiso saber sobre el sexo y no se atrevió a preguntar’ (1972) que en la de ‘Cincuenta sombras de Grey’ (2015). Para empezar usa a una pareja, interpretados por François Cluzet y Alexandra Lamy, más de la edad de la de ‘Los puentes de Madison’ (1995) que de los jovenzuelos buenorros de ‘After’ (2019), y los sitúa ante la tesitura de descubrir que tras dos décadas de feliz matrimonio ella nunca ha llegado a hacer home run. Las gracias no son escatológicas, aunque algún flirteo con ellas hay, y el desempeño de ambos salva de la chabacanería una película que es divertida pero sin sustrato, al no profundizar en el tema de la histórica ablación del placer de las mujeres, y se centra más en la reivindicación del derecho (debía ser constitucional) a la petite mort.
Que tengáis una semana de cine.

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Enlace de origen : Pixar nos regala 'Toy Story 5'