
Hoy, 29 de junio, hace cien años que Antonio Campillo Párraga vio la luz de este mundo en una pedanía de Murcia que dista de … la capital casi unos 7 kilómetros (Era Alta). Hijo de una familia humilde, pero alegre y con sentido de compartir la vida con sus hijos y allegados. Desde muy pequeño manifestó su inclinación por el arte, ya en su niñez supo modelar el barro de la huerta colindante a su casa, modelando sus primeras figuras de belén; no obstante, nació y se crio en una pedanía de activa tradición belenística.
Su maestro es la escuela, el entonces joven Manuel Fernández-Delgado Marín-Baldo, lo llevó con 14 años al taller de Juan González Moreno [causalidades de la vida, en el curso 1973-1974 don Manuel Fernández-Delgado era el director del entonces colegio de educación general básica Cierva Peñafiel de Murcia, donde quien suscribe estas reflexiones cursó el año de prácticas en los estudios de maestro]. De don Manuel, persona de una condición humana excepcional, tuve la dicha de recibir consejos y argumentos sobre qué es ser maestro, y desde ahí pude forjar mi identidad profesional docente, basada en el sentido de acompañamiento al estudiante.
Posteriormente, Antonio Campillo, aconsejado por Juan González Moreno, se matriculó en las clases de dibujo de Pedro Sánchez Picazo en la Real Sociedad Económica de Amigos del País y en 1943 también lo hizo en la Escuela de Artes y Oficios de Murcia, profundizando en una de las disciplinas que más gratificación le han dado en su vida, tanto personal como profesionalmente, el modelado. Concluido este periodo de tiempo, donde su maestro siguió siendo González Moreno, se inscribió como alumno oficial en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando de Madrid en el año 1946, con ocasión de recibir una pensión de la Diputación Provincial de Murcia.
Su trayectoria artística se orientó en sus inicios hacia al arte sacro y posteriormente a la conexión profunda entre la personalidad del artista y las raíces culturales de su existencia, que va plasmado a través de secuencias de la vida común de la huerta que le vio nacer, sobre todo, a partir de escenas cotidianas de la mujer: montando en bicicleta o desempeñando tareas comunes del día a día de su quehacer doméstico, etc.
Desarrolló su actividad profesional durante 6 años como profesor de Término de Modelado en la Escuela de Artes Aplicadas y Oficios de Córdoba, actividad que desarrolló posteriormente en Madrid, a partir de 1977. Durante sus 35 años de permanencia en la capital de España realizó obras de relevancia, como las cantareras de la fuente de la plaza de España, para volver posteriormente a sus orígenes: a la ciudad de Murcia.
Amigo de sus amigos. Viajaba con frecuencia a París, con su amigo Antonio Povedano para ver a otro gran amigo común, Fausto Olivares. También frecuentaba Ámsterdam y Frankfurt [en esta ciudad hay obras suyas] para profundizar en el expresionismo alemán. Iba a Córdoba con frecuencia, pues residió allí durante 6 años y tenía grandes amigos.
Pero, siendo relevante la trayectoria artística de su vida: formación, exteriorización de su ser mediante su obra y compromiso con sus orígenes, el núcleo central de mis reflexiones sobre su persona se centra en su categoría humana. Tuve la oportunidad de conocerle y puedo asegurar que compartir un espacio de tiempo con él era algo delicioso y estimulante, que se manifestaba en su compromiso hacia el ‘otro’ y en su capacidad de interlocución, mediante la que manifestaba la centralidad para él de la persona con quien dialogaba: interés por sus ocupaciones, por conocerla más profundamente, sin que en ningún momento la conversación se centrase en su obra o proyectos, que eran muchos y relevantes. Simpático, siempre con anécdotas que permitían pasar un tiempo agradable a su lado.
Bien desde su obra o en el trato con los demás, era manifiesta su voluntad de comunicación, actitud que manifestaba el carácter de su persona cercana y abierta a los demás, mostrando un afán sincero por agradar. Quienes convivieron con Antonio Campillo, como Juan Pérez Ferra, coinciden en que su trato personal era una exteriorización de lo que también reflejaba en su obra escultórica: calidez, proximidad y autenticidad.
Su éxito y reconocimiento no le hicieron perder su identidad de persona sencilla y abierta a los demás. Para él la dignidad de la persona era su rasgo identitario, independientemente de su condición y estatus. Esa naturalidad le permitió ser generoso, donando obras a instituciones públicas, en definitiva, para el pueblo. Lo que evidenciaba su compromiso social. Además de lo referido sobre su modo de proceder, conocí a través de un hermano mío, Juan Pérez Ferra, su sentido de compromiso basado en la amistad.
Cuando redacto estas líneas se cumple el decimoséptimo aniversario de su fallecimiento, pero su recuerdo y su estela de persona entrañable siempre están presentes en su consideración del arte como un vínculo de afecto hacia los demás. Y es lo que me ha llevado a escribir estas reflexiones sobre su legado, que su sencillez sublimó en grandeza.
¡Hasta siempre, estimado Antonio!

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Enlace de origen : Centenario del nacimiento de Antonio Campillo: el escultor murciano que definió su grandeza desde la sencillez