Con los ojos de ‘Quebrantón’ –un quebrantahuesos ficticio que sobrevuela la Región– como guías, Alonso Torrente (Calasparra, 1968) despliega su pasión por la fotografía y … la naturaleza para mostrar en ‘Los encantos de mi amada’, una poesía visual, apoyada en unas pocas palabras, en la que retrata los paisajes «sanos, no tocados por el agronegocio, que aún conservan una ganadería extensiva y una agricultura más o menos sostenible, seña de identidad de esos territorios» de la Región de Murcia, explica el autor.
Funcionario del Servicio de Empleo y Formación, su vida corre paralela al contacto con la naturaleza y a la defensa de los valores patrimoniales, naturales, culturales y etnológicos que han estado ligados siempre a la Región de Murcia. Y que, apunta el autor, «son reductos aún dignos de visitar y preservar, y el germen de una recuperación de la Región, muy maltratada por la agricultura intensiva y que la está colonizando toda, desde el Campo de Cartagena hasta el Noroeste y el Altiplano».
Soledad agraria y pastoril, adonde duermen las nieblas, se acomoda el rocío, dice el autor de esta imagen de este paisaje despoblado.
(Alonso Torrente)
Por ello, este defensor a ultranza de los valores del Noroeste –está integrado en el Consejo de Defensa del Noroeste, entre otras organizaciones– advierte de que, «si no ponemos coto a esta actividad extractiva, que deja los suelos empobrecidos, las aguas contaminadas y esquilmadas y huye a tierra quemada, perderemos las señas de identidad de unas formas de vida que garantizan la soberanía alimentaria y la conservación de todo aquello que lo hace posible».
Precisamente sobre esas tierras más agrestes del Noroeste es sobre las que sobrevolaba ‘Lopezosa’, un quebrantahuesos fruto de la reintroducción de la amenazada especie en la vecina sierra de Cazorla, Segura y Las Villas, que iba ampliando territorio en busca de nuevos dominios; lo hacía hasta que fue abatido en 2024 por un desalmado armado entre las pedanías altas de Moratalla y Nerpio.
Portada del libro
El quebrantahuesos ‘Quebrantón’ guía esta ruta por los ecosistemas de la Región dignos de preservar
No se limita sin embargo Torrente a captar estas comarcas y municipios de tierras altas mejor conservados hasta la fecha, sino que también relfeja aquellos que casi milagrosamente –en la mayoría de los casos gracias a haber sido zonas militares– han resistido casi intactos junto a la costa, «me refiero a Calnegre (Lorca) y Calblanque (Cartagena)», detalla.
Confía Alonso en que haya una vuelta al mundo rural, al modo de hacer de quienes sabían que los recursos son limitados y que la supervivencia propia depende de usarlos sin explotarlos hasta agotarlos. «No pierdo la esperanza. De hecho, el modo de vida actual tendrá una fecha de fin porque es insostenible, pero no solo materialmente; produce un caos mental en las personas que tienden a buscar otro modo de vida para protegerse. Últimamente, abundan quienes rehabilitan cortijos o casas de campo; empiezan poco a poco, yendo fines de semana y vacaciones, y acaban viviendo ahí. Eso puede ser un germen».
Siguiendo los pasos de las aves, por los que Alonso Torrente tiene especial debilidad desde pequeño –«con 12 o 13 años me pasaba las tardes observando un nido de águilas perdiceras, viendo cómo los padres llevaban liebres, perdices, lagartos ocelados… a sus pollos, y mirando cómo los criaban», recuerda– muestra la tierra multicolor y de contrastes que es la Región de Murcia.
Autillos, abubillas, alcaravanes, bandadas de estorninos, correlimos, agujas colinegras, espátulas, avetorrillos, lavanderas cascadeñas, garzas reales, zarapitos, terreras, tarros blancos, cormoranes, flamencos, milanos reales, abejarucos, buitrones, perdices, golondrinas, águilas, avefrías, grullas, avutardas y sus compañeras esteparias las escurridizas calandrias son el ejército alado que acompañan al quebrantahuesos ‘Quebrantón’. No entiende este de fronteras territoriales y, en su recorrido, desvela la variada paleta de tonalidades con que la naturaleza dibuja lo que es «lo mejor» para el autor: «la diversidad de ecosistemas que alberga la Región, desde Revolcadores hasta la costa, todavía con vocación salvaje porque se ha puesto coto al ser humano, porque, si no, la voracidad no tiene límites». Precisamente, esto es «lo peor» para Alonso, dice sobre esta «actitud depredadora, que degrada el territorio y contamina las aguas».
Recorre el libro las cada vez más escasas estepas cerealistas, uno de los ecosistemas «más amenazados» de los presentes en la Región, y señala Alonso Torrente el Mar Menor, como «el más deteriorado en los últimos tiempos». No obstante, confía en que el regreso del quebrantahuesos, que ahora sobrevuela de nuevo ocasionalmente esta comunidad, sea permanente y que se instale en estas tierras «si el modo de vida cambia y deja de ser tan agresivo. Y, ójala, lo hiciera también el alimoche, ave aún más amenazada que el quebrantahuesos».

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