
VanDyck Silveira (Sao Paulo, Brasil 1973), doctor en Economía y Ciencia Política por la Claremont Graduate University, en Los Ángeles, experto en comercio internacional, reside … en Murcia desde hace un año, tras convertirse en director de Estrategia Global de la Universidad Católica San Antonio (UCAM). Anteriormente, estuvo siete años en Madrid. Criado en Estados Unidos, vivió en Oregón y California. A su espaldas acumula más de dos décadas de experiencia de trabajo con grandes compañías, gobiernos y universidades de Europa, América, Asia y África -en campos como liderazgo estratégico, transformación organizacional y educación superior-, como son Financial Times Corporate Learning Alliance, Merrill Lynch y MTTrust, entre otras. Casado y padre de un hijo, fue analista en su país en la cadena BM&C News, además de colaborar en distintas publicaciones.
–Dado sus orígenes brasileños, quiero preguntarle en primer lugar por la oportunidad que representa la entrada en vigor esta pasada semana del acuerdo de libre comercio UE-Mercosur, ¿cree que son fundados los temores de que supondrá un grave perjuicio para el sector agroalimentario español?
-No conozco un acuerdo comercial en la historia que haya producido más daños que ventajas. Ni uno. Recuerdo perfectamente antes de entrar en vigor el tratado de Maastricht -impulso de la unión económica y política de Europa-, que mucha gente en Francia decía que España iba a diezmar su producción con alimentos baratos, de baja calidad. Y lo mismo se hablaba en Italia. Sin embargo, nada de eso pasó. Todo el mundo pudo acceder a productos mejores y los precios bajaron. Los países tuvieron mucho más ventajas. Y lo mismo va a suceder con Mercosur. Además, lo que va a estar muy claro es que esas ventajas comparativas tendrán que ser el guión para cada industria y país a la hora de actuar. Porque si Europa trata de competir con Brasil y Argentina en volumen de producción de ganado nunca lo va a conseguir. Será imposible, perderá seguro. En cambio, existe una gran oportunidad cuando los productos tengan un valor añadido.
–¿Y qué estrategia deben adoptar las empresas de la Región para competir con garantías en un área que engloba a países como Argentina, Brasil, Paraguay, Uruguay y Bolivia?
-De lo que se trata es de ‘gourmetizar’ más lo que se va a vender, ya sea alimentación u otro tipo de producto. Y esa subida en la escala de valor aportará mucho para aprovechar mejor el potencial de Mercosur. Los sectores murcianos exportarán más, por ejemplo con las conservas, que tienen una demanda increíble, en especial las envasadas en cristal, puesto que la gente al ver el producto de forma transparente tiene una mejor impresión. Pero lo mismo puede suceder con frutas y otros alimentos. Siempre pongo el ejemplo de las alcachofas de esta tierra, que para mi son ideales, más pequeñas, blandas y dulces. Igualmente, se abren nuevas oportunidades para los vinos, que están entre los mejores del mundo con un coste calidad-precio muy competitivo. Sin olvidar tampoco el potencial que trae para los quesos. En ese sentido, me refiero a la importancia de ‘gourmetizar’ la oferta de productos alimentarios.
–¿Se aprecian y demandan tanto nuestros productos en esos países?
-Es que comprar productos procedentes de España, hasta ahora era un lujo en Brasil, pero hay una clase media y alta que los aprecia y está dispuesta a pagar por ellos. Así podría citar la comercialización de jamón. Imaginemos lo que podría ser exportar jamones de chato murciano. En mi caso, soy un enamorado de este cerdo autóctono desde que llegué a Murcia. Es un producto que debería ser más promocionado. En suma, veo una oferta de mucha calidad en la Región, en frutas, carnes y tantas otras propuestas de agroalimentación. De hecho, en general, todas las regiones de Europa tiene miles de años de tradiciones para poner en valor por detrás de sus productos tan demandados.
–¿Hasta dónde puede desestabilizar la economía mundial un liderazgo como el de Donald Trump?
-Es evidente que tiene una vocación natural para crear inestabilidad. Porque le gusta provocar. Es una persona que cambia de posición con frecuencia. Así que sus decisiones afectan a distintos intereses y generan mucha insatisfacción. Lo vemos con sus anuncios de aranceles. El problema es que se olvida de hacer cuentas sobre lo que supone también hacia adentro en su país. Porque esas decisiones también perjudican a sus empresas y consumidores, tal como ha sucedido con un producto como el café, donde Brasil es el principal productor y los estadounidenses son uno de los principales compradores. Algo que desagrada al público. E igual sucede con otras importaciones como etanol y materiales de construcción. O lo que ocurre a su vez con los vinos europeos que llegan allí. Al final, es la aplicación de una política que en inglés se denomina ‘the crony capitalism’, un capitalismo de compadres.
–¿Debe asumirse que EE UU ya no es el social comercial fiable que era?
-Nadie quiere alejarse de Estados Unidos. Pero es posible por las actitudes de Trump que sea él quien quiera alejarse de nosotros, sus socios tradicionales. Aunque no sabemos realmente que pasará. Su mandato político dura cuatro años, así que ya veremos si los ciudadanos norteamericanos siguen aprobando eso. Yo pienso que no, pero es evidente no lo puedo afirmar.
–¿Cree que van a continuar las políticas proteccionistas agresivas a través de la aplicación de más aranceles a los países?
-Es que con Trump estamos ante una persona amoral. Es un jugador de póker. Lo que le importa es la situación transaccional, no una relación continua. Consigue un triunfo y ya está pensando en el siguiente. Para él vale lo que está sobre la mesa. De forma que si quiere ser el malo, obviamente el resto vamos a buscar otros mercados y miraremos más a China, la segunda potencia del mundo. Porque nos encontramos en un mundo con dos grandes polos económicos, donde volvemos al concepto de interdependencia. Aunque, tampoco dar la mano del todo a los chinos es la solución. Se trata de un mercado muy cerrado, muy condicionado por el control del Estado. Pero claro que surge la oportunidad de buscar alternativas. Y, obviamente, China lo es, como también Mercosur, dado el tamaño de su mercado, con un volumen de población y estructuras que atraen mucho a Europa.
–Parece incuestionable que habrá que tejer nuevas alianzas para reposicionarse en el mundo, como también se ha firmado recientemente con Australia.
-Es un momento para Europa de entender que hay más oportunidades en el exterior. Pero tengo que decir que me molesta mucho que haya más transacciones económicas de cada país comunitario con el mundo exterior que dentro del propio ámbito de la Unión Europea. Por eso, debe aumentar más el comercio hacia dentro, entre los países miembros. Porque al fin y al cabo, esa era exactamente la razón para crear la unión. Y con ello no estoy diciendo que no hubo éxito. Al contrario, hubo mucho. Pero deberían ser más intensos en la actualidad los intercambios comerciales. Lo que pasa es que aquí, a diferencia de lo que ocurre en EE UU con sus diferentes estados, hay un mayor lastre burocrático, al que suma la existencia de legislaciones distintas. Por consiguiente, avanzar en este sentido permitiría sufrir menos pesadamente los problemas de flujo que se generan en las cadenas de valor globales.
–Al final, tenemos un mundo cada vez más complejo, en el que la geopolítica condiciona todos los mercados, ¿nos enfrentamos a un futuro con mayores presiones y tensión?
-No creo que sea más complejo, es diferente. También hemos tenido muchos más conflictos bélicos en el pasado. Además, a los seres humanos nos gusta el cambio y lidiamos con escenarios distintos. Lo que sucede es que en los últimos 80 años hemos tenido un mundo con una jerarquía que tenía en la cumbre de la pirámide a Estados Unidos, que dictaba las normas globales y era responsable de crear las instituciones para hacer cumplir las mismas. Y todos los que estábamos en su área -Europa, Latinoamérica, gran parte de Oriente Medio, Japón, entre otras zonas-, nos beneficiamos de las reglas de esa hegemonía. De hecho, Occidente ganó la guerra fría y algunos creían que ese era el fin de la historia, como proclamó Francis Fukuyama. Pero no sucedió así. Y tuvimos la ascensión, por primera vez en la historia, de un país del tercer mundo, China, que ha experimentado un crecimiento muy rápido en los últimos 50 años, bajo un régimen autocrático, que ha conseguido sacar a millones de personas de la pobreza absoluta, pese a que todavía exista mucha desigualdad. Un gigante que, precisamente, desafía el escenario impuesto y mantenido por EE UU.
–¿Volverán a ser lo que eran las relaciones entre Europa y la nación norteamericana?
-Claro que podrán volver a ser muy similares a lo que fueron siempre, aunque algunos puntos cambiarán, por ejemplo, la relación de confianza. Esto tardará un poco, y tendrá que haber mucho esfuerzo por parte del próximo presidente americano para reparar los daños.
–¿Cómo ha condicionado el despegue de los países emergentes a las grandes potencias históricas?
-Con la globalización muy acelerada de la década de los 90 empezó la presión sobre el empleo en las fábricas estadounidenses, tal como ocurrió en las industrias automotivas, la del acero -caso de Detroit-, que no podía competir en productividad ante unos costes muy elevados. Quedó afectada de lleno desde entonces una población trabajadora con una formación académica muy básica; hombres blancos que se habían acostumbrado a ser los herederos de Eisenhower. Pero las multinacionales buscaron más competitividad en otros sitios, y China empezó a convertirse en la gran ganadora. No obstante, al mismo tiempo, el país norteamericano cambió hacia una potencia de servicios, con la aparición de grandes hitos tecnológicos como Apple, Microsoft. Eso sí, en este caso ya con menos personas empleadas. Además, en este sector cada vez hay más competencia y emergen otras competidores frente a esa hegemonía. Ahí está el caso de los países BRICS (grupo de economías emergentes que forman Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, a la que se incorporaron después Egipto, Etiopía, Irán, Emiratos Árabes e Indonesia).
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«Los perdedores serán menos que los ganadores»
–Más allá del optimismo sobre el revulsivo que puede traer para el comercio exterior el acuerdo con Mercosur, ¿no habrá damnificados?
-Obviamente que habrá perdedores. Como la agricultura que no quiera subir en la cadena, ni añadir el valor agregado necesario para vender más. Porque no va a conseguir competir en cantidad con Mercosur. Pero existe la opción de adecuarse y estar listos para afrontar el comercio internacional, que es muy duro. Por ello, insisto en que son más las oportunidades que existen. Por ejemplo, veo que Europa puede exportar muchos coches y otros productos industriales. Hay demanda para eso. Y es que así es la vida. Todo evoluciona. Entonces, habrá quienes salgan perjudicados, pero reitero que los perdedores serán muchos menos que los ganadores. De ahí que existe la certeza de que habrá un gran beneficio para ambas zonas. De modo que es una buena oportunidad para las empresas españolas y de la Región de Murcia.
–Qué importante es analizar la realidad económica desde el contexto político, tantas veces separados.
-Es que para mí no se diferencia economía y ciencia política. Esta idea de separar las dos muchas veces falla por no se comprenden los límites impuestos por el entorno político. Además, ahora está de moda hablar de geo-economía. En mi caso, estudié con una persona que fue de los primeros que pensó en economía y ciencia política a partir de datos, utilizando modelaje matemático, estadística. De esa manera, se busca un análisis para que no sea lo que yo pienso y me gusta sino lo que va a ser. Esa es la ciencia de la decisión. La teoría de juegos que sirve cada día más para analizar el mundo desde ese punto de vista económico y político.

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Enlace de origen : VanDyck Silveira: «Hay que 'gourmetizar' más los productos para aprovechar Mercosur»