22 de junio de 2019. Aquel día, durante las horas previas al inicio del espectáculo, Aitana esperaba inquieta en los camerinos de la plaza de … toros de Murcia. De vez en cuando, amenazada por las terribles zarpas de la inseguridad, le pedía a su padre que fuese comprobando desde detrás del escenario si había ido mucha o poca gente a verla actuar. Finalmente, aunque no se llenó, la respuesta del público fue lo suficientemente potente como para calmar sus nervios, disparar su adrenalina y darle un golpe de autoestima definitivo en aquellos momentos. Esa noche, clavada para siempre en su calendario vital y profesional, Aitana ofreció el concierto inaugural de ‘Play Tour’, su primera gira. El resto, como se suele decir, es historia.
Señalada, con razón, como uno de los talentos más brillantes de Operación Triunfo 2017, la mejor edición en la historia del popular concurso, la artista catalana arrancó su carrera en lo más alto, anclada a una ola gigantesca que arrasaba con todo a su paso, convertida en un nombre omnipresente en los medios y fijada en las quinielas como la figura destinada a conquistar con pulso firme una industria musical española que subrayaba con el mismo ahínco el potencial internacional de su propuesta. Sin embargo, cuando el huracán del formato televisivo cesó, sumado al bajo nivel de ‘Spoiler’, su fallido debut, Aitana se enfrentaba con inevitables miedos al primer gran reto de su carrera: demostrar que podía cumplir con las altísimas expectativas depositadas sobre ella. Sin embargo, ¿quién puede correr a semejante velocidad cuando apenas está empezando a aprender a caminar? Se le pidió demasiado o, peor, se le exigió demasiado. Un listón adherido al infinito. Y la incógnita de si alguna vez sería capaz de escapar de aquella sombra para construir en libertad una trayectoria coherente y sincera con lo que ella realmente quería hacer y contar. El tiempo, juez tan implacable como certero, ha terminado ofreciendo una respuesta clara: quiso, pudo y supo.
Y así llegamos a la noche del pasado viernes. 15 de junio de 2026. Consolidada como gran estrella, Aitana no necesitó pedir a nadie que le informase sobre el aspecto que presentaba la plaza antes de que comenzase el concierto porque, además de ser consciente de que no quedaba ni una entrada disponible, es imposible imaginar que no escuchara el rugido colectivo que la esperaba al otro lado. Que no notara la excitación general, la impaciencia, las ganas, los nervios, la emoción. Que no sintiera que, siete años después, estaba a punto de sumar en Murcia otro recuerdo inolvidable.
Cada nota. Cada paso. Cada sonrisa. Cada guiño. Cada palabra. Cada mínimo gesto. Cada cosa que hacía la joven artista sobre las tablas, sin excepción, fue recibida con un fervor incalculable y profundamente ensordecedor por parte de un público que no cedió en el acompañamiento vocal, en la ovación permanente, en la devoción incondicional. Un fenómeno fan en permanente estado de ebullición, en constante entrega. Imposible no quedarse impactado ante la apabullante fuerza de miles de personas dejándose la garganta (y la batería del móvil) de inicio a fin en un concierto espectacular en lo que respecta a la puesta en escena, impecable uso de luces y juegos de cámara con aroma cinematográfico, y más que solvente en lo musical.
Acompañada por una banda y un cuerpo de baile que cumplieron a la perfección con su cometido, sobre todo los segundos, Aitana mostró una admirable valentía a la hora de apostar con firmeza por su último trabajo, ‘Cuarto azul’, del cual sonaron catorce de sus diecinueve canciones. Por suerte, hablamos de su disco más completo, honesto y variado hasta la fecha, así que salimos ganando. En ese sentido, más allá de la confirmación de ‘6 de febrero’ y ‘Superestrella’ como, respectivamente, apertura y cierre irresistibles, merece la pena destacar lo bien que funcionaron piezas menos exitosas, pero igual de estimulantes o más, como ‘La chica perfecta’, ‘Conexión psíquica’ o el precioso tema homónimo, el cual terminó representando el momento más especial de la cita. Un lado, el de los momentos destacados, donde hay que sumar el tramo electrónico dedicado a ‘Alpha’, su anterior álbum, con ‘Los Ángeles’ y ‘Miamor’, la dupla de épica romántica y lujuria veraniega de ‘Vas a quedarte’ y ‘Formentera’, o el vínculo, a nivel visual y sonoro, establecida entre ‘En el centro de la cama’, ‘Ex ex ex’ y ‘Lía’.
Por otro lado, menos interesantes resultaron el puntual regreso a ’11 razones’, disco al que el paso del tiempo no ha sentido demasiado bien, o la aparición de canciones tan anodinas y ramplonas como ‘Desde que ya no hablamos’, ’24 rosas’ o ‘Gran vía’. Puntos bajos de un concierto en el que, en cualquier caso, Aitana dejó claro que, por presencia, unión con el público, carisma, evolución y repertorio, su reinado en el pop español resplandece con más fuerza que nunca.

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