
Hace unas semanas, el Ayuntamiento de Murcia y la Asociación OxigenArte impulsaron talleres para acercar los bolos huertanos –un juego con siglos de historia entre … acequias y limoneros– a los más jóvenes. La iniciativa no me sorprendió. El alcalde Ballesta había asistido en otras ocasiones a jornadas organizadas por colegios e institutos con el mismo objetivo, mostrando siempre un firme apoyo a los bolos huertanos y respaldando su declaración como Bien de Interés Cultural. Pero, ¿qué relación existe entre esta tradición tan arraigada en la huerta de Murcia y el conocimiento científico? Mucha más de la parece.
Un carril de tierra: física en estado puro
El terreno de juego –una superficie rectangular de tierra compactada, de entre 34 y 38 metros de largo y 4 a 5 de ancho– constituye un sistema físico cuidadosamente ajustado. El factor clave es la fricción, la fuerza que se opone al desplazamiento. Al lanzarse, la bola adquiere energía cinética que, durante su recorrido, se transforma progresivamente: una parte se disipa como calor por el rozamiento, otra se transmite al terreno en forma de vibraciones y una pequeña fracción se libera como sonido. La textura del carril resulta decisiva en este proceso. En la tradición huertana, se han superpuesto distintas capas de tierra para obtener una superficie con propiedades muy precisas: suficiente rugosidad para controlar la trayectoria, pero sin frenar en exceso el avance. En términos científicos, se trata de una optimización empírica del coeficiente de rozamiento que regula la dinámica del sistema.
La bola: un sistema dinámico en movimiento
Cuando la bola recorre el carril, su movimiento responde a las leyes de la mecánica clásica, combinando traslación y rotación. El jugador no solo la impulsa hacia adelante, sino que también puede imprimirle giro, lo que en el juego se conoce como «darle vueltas». Este giro modifica el contacto con el suelo al alterar la fricción y, además, introduce el llamado «efecto Magnus». Este fenómeno aparece cuando un objeto en rotación se mueve a través del aire, generando diferencias de presión que producen una ligera fuerza lateral capaz de curvar la trayectoria. Aunque en los bolos huertanos este efecto es menos evidente que en el fútbol o el tenis, sí puede influir en lanzamientos largos, especialmente cuando la bola conserva velocidad durante varios metros. Así, lo que el jugador percibe como «control» o «maña» es, en realidad, la manipulación intuitiva de variables físicas complejas: velocidad, rotación y fricción.
El impacto: una cadena de colisiones
El momento en que la bola golpea los bolos es un ejemplo claro de interacción entre cuerpos. Desde el punto de vista físico, se trata de colisiones inelásticas, en las que se conserva el momento lineal pero no toda la energía cinética. Cuando la bola impacta, parte de su energía se transmite a los bolos, que a su vez pueden golpear a otros. Se produce entonces una cascada de colisiones, donde la disposición geométrica es determinante. Un impacto frontal puede ser menos eficaz que uno ligeramente oblicuo, capaz de generar una reacción en cadena. En este proceso intervienen pérdidas de energía debidas a deformaciones internas de la madera, a la generación de sonido y al rozamiento entre los propios bolos. El resultado final –cuántos bolos caen– depende de una combinación extremadamente sensible de factores iniciales.
Madera, química y resistencia
Tradicionalmente, bolos y bolas se fabrican con maderas seleccionadas por su comportamiento mecánico. Las bolas, hechas con maderas densas como el guayacán (nombre común que se usa para varias especies tropicales muy valoradas por su madera y sus flores), tienen mayor masa y, por tanto, más cantidad de movimiento, lo que las hace más eficaces en el impacto. Los bolos requieren un equilibrio entre resistencia y elasticidad para soportar golpes repetidos. Aunque antes se usaba madera de limonero, hoy predomina la de almez (un árbol bastante común en la región mediterránea que también se conoce como lodón o latonero) por su durabilidad. Además, algunos incluyen una base de aluminio con una argolla de goma que protege y refuerza la estructura. Pura ciencia de materiales transmitida durante generaciones.
El cuerpo humano: biomecánica en acción
El lanzamiento en los bolos huertanos no es un gesto trivial. El cuerpo actúa como un sistema mecánico donde la energía se genera en las piernas, se transmite a través del tronco y se libera en el brazo. Este proceso, conocido como cadena cinética, permite maximizar la velocidad de salida de la bola. El control del centro de masas del jugador resulta fundamental para mantener el equilibrio y la precisión. Algunas técnicas tradicionales, como la «panzá», introducen un componente adicional: el desplazamiento del cuerpo durante el lanzamiento. Esto modifica la dinámica del sistema y puede aumentar la energía transferida, aunque también exige un mayor control motor.
Geometría y estrategia en la huerta
A diferencia de otras modalidades de bolos, en el juego huertano la disposición de los mismos no es fija, sino que los propios jugadores determinan su configuración inicial, introduciendo así una dimensión estratégica directamente vinculada a la geometría del sistema. Cada arreglo define un espacio de estados distinto, en el que las trayectorias posibles de la bola y las interacciones tras el impacto dependen de variables como la distancia, los ángulos de incidencia y la distribución espacial de los bolos. Desde una perspectiva científica, el jugador se enfrenta a un problema de optimización: diseñar una configuración que minimice las probabilidades de acierto del rival, anticipando posibles trayectorias y colisiones.
Estimados lectores de LA VERDAD, charlando con Antonio González, ‘El Zagal’, el Messi de los bolos huertanos, pude comprender que este juego nos recuerda que la ciencia no pertenece solo a los laboratorios, sino que también habita en la tierra que pisamos, en los materiales que usamos y en los gestos que repetimos; quizá por eso preservar las tradiciones murcianas también significa proteger la cultura, el conocimiento y el alma de Murcia… una convicción que acompañó siempre al que fue mi rector, mi alcalde, mi compañero en el Cristo del Amparo y, ante todo, mi amigo: José Ballesta.

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