El pintor murciano Francisco Cánovas cuelga alguna de sus sugerentes últimas telas en la galería situada en la céntrica calle Trapería de Murcia LaLuz Mediterranean … Art bajo el título magnético de ‘Aire Gesto’ y, aunque pasa de los ochenta y cinco y cuenta con una dilatada carrera de pintor, el espectador descubre muy pronto que se encuentra con un producto estético joven y arriesgado. Abundan aquí los trazos rebeldes y los colores intensos, la arquitectura apasionada de un artista que parece estar empezando de nuevo cada día, pues lo que destaca de la personalidad de Cánovas es la pasión con la que vive el proceso creador, al que podríamos calificar de muchas formas sin dar del todo en la diana.
Porque el artista ha sido siempre un hombre de una sinceridad encomiable que muestra en su obra una explosión de colores primarios, de trazos singulares y jóvenes que lo sitúan, a pesar de sus años, en la vanguardia de la pintura murciana, como si conforme pasaran los años se fuera convirtiendo en un creador más enérgico y más atrevido, de una sinceridad más profunda, cuya luz íntima estalla de un modo inevitable en muchos de sus cuadros y muestra una interioridad convulsa desconcertante. Porque para él pintar el aire es pintar el alma; para el creador que lo mira todo, la primera verdad es mirar, y en ocasiones, él mismo lo ha confesado, puede hacerlo durante horas delante de un paisaje sin trasladar nada a la tela o al papel. Porque el primer paso es mirar y a continuación sentir y, luego, más adelante, hacer sentir al espectador, producir en él cierta conmoción. En esto consiste el pequeño milagro de su pintura tal y como la siente Francisco Cánovas.
El primer paso es mirar y a continuación sentir y, luego, más adelante, hacer sentir al espectador, producir en él cierta conmoción. En esto consiste el pequeño milagro de su pintura tal y como la siente Francisco Cánovas
Porque para él la pintura no es otra cosa que la vida misma, el arte manda en todo, el arte sin adjetivos y sin escuelas, porque el verdadero pintor no para de buscarse a la espera de la permanente sorpresa que está apresada en sus cuadros. Porque la modernidad no existe, el arte es eterno o efímero, nace para perdurar o para desaparecer. En realidad la única modernidad es ser eterno, por eso un pintor como Francisco Cánovas no ha dejado de exponer y de crear desde que empezara en su primera juventud.
Francisco Cánovas (Murcia, 1941).
(Juan de la Cruz Megías)
Podríamos explicar el sentido del título de esta exposición, si fuera importante explicarlo, decir, por ejemplo, que cuando entramos en esta sala y miramos los cuadros de un hombre que ha cumplido más de ochenta años, nos sentimos de pronto tan jóvenes como él o no tanto porque nos da la impresión de estar ante una de las primeras exposiciones de un pintor que comienza su carrera, pues no podemos evitar la explosión juvenil de sus colores y la energía radical de sus trazos, el entusiasmo renovado de su iconografía reconocible, con esas variaciones de colores y tonos que tanto recuerdan a sus celajes.
Porque en la obra de Cánovas los colores parecen estar ardiendo siempre, como si nos llegara del corazón un fuego eterno que calma nuestro frío. Porque él, el hombre que sujeta los pinceles, es más joven que nosotros y su pintura no ha alcanzado aún el reconocimiento que se le debe por muchas exposiciones y premios que se le hayan concedido, como ocurre con cualquier artista que empieza, aunque estemos delante de un mito, que ha pasado por todas las fases y que parece encontrarse en la última, que es un magnífico dibujante y un retratista excepcional para el que la vida todavía posee muchos secretos y como un artista adolescente, está por descubrir.
El hombre que sujeta los pinceles es más joven que nosotros y su pintura no ha alcanzado aún el reconocimiento que se le debe por muchas exposiciones y premios que se le hayan concedido
Nunca las he tenido todas conmigo delante de un hombre como él, delante del pintor Francisco Cánovas, sentado a su vera mientras conversamos, o delante de cualquiera de sus obras, pues me debato entre la certidumbre de estar con un genio y con un sabio profundo y la duda de encontrarme con un adolescente de una ingenuidad ilimitada cuya obra ha de depararme nuevas y futuras sorpresas. Porque tiene la cabeza llena de ideas y de proyectos y le arden todos los colores en su corazón.
Este es mi vaticinio y mi esperanza.

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