
La plaza de toros de Las Ventas registró este domingo un nuevo lleno de no hay billetes en una feria histórica en cuanto asistencia de … público. El encaste albaserrada de los toros de Adolfo Martín y una terna de toreros compuesta por Ferrera, Escribano y Ureña hicieron que la tarde fuera de expectación.
Marcó la tarde la cornada del tercer toro a Paco Ureña en el comienzo de su faena de muleta a Peluquero, que así se llamó el toro veleto que le correspondió en suerte. Antes, Ureña había firmado lo más importante de toreo de capa de la corrida, aprovechando las inercias del toro de Adolfo Martín en cuatro verónicas y una media soberbias. El lorquino llegaba a Madrid, en su segunda comparecencia en San Isidro, dispuesto a todo. Así lo demostró tras un tercio de varas trabajoso y un desordenado y deslucido tercio de banderillas. Ureña se puso muy de verdad frente a Peluquero, en el tercio, y a la primera oportunidad el albaserrada le prendió de forma espeluznante, corneando al diestro en el muslo y mateniendo al diestro colgado del pitón durante largos segundos, para volver a acometer de nuevo a la presa en el suelo. Un milagro hubiera sido salir ileso. Volvió Paco Ureña a la cara del toro sin mirarse, con la marca de sangre en su vestido rosa, en la parte interior del muslo izquierdo, para sacar dos series muy valerosas y matar al toro de una media y un certero descabello. Por su propio pie se marchó a la enfermería con el público en pie tributando una gran ovación al torero valiente.
Ovacionado de salida fue el primer toro de la tarde, un imponente cárdeno al que le faltaron 4 kg para los 600. No dio opciones, por peligroso, a Antonio Ferrera, que llegó a robar muletazos en línea con la diestra de mucho mérito, y se la jugó con la muleta en la zurda. La gran obra de Ferrera vendría ante el cuarto, Mentiroso de nombre y toro encastado. Llenó la escena por completo el extremeño, que despojado del estoque toreó con personalidad e innegable inteligencia al natural, con la mano derecha, desmayando los hombros y dando profundidad y belleza a series bien rematadas con los pases de pecho de costadillo. Preparó a conciencia la estocada, en la suerte de recibir y a la segunda intententona acertó, rodando el cárdeno como una pelota. Una oreja de ley, con petición de otra, fue el premio a su particular obra.
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Plaza de toros de Las Ventas.
Corrida de toros de la feria de San Isidro. 30° festejo de la temporada. Lleno de «no hay billetes» en tarde de mucho calor. -
Seis toros de Adolfo Martín,
desiguales de presencia, destacando el juego del cuarto y del sexto, para Antonio Ferrera, de blanco y oro, silencio y oreja con petición de otra y una oreja. -
Antonio Ferrera,
de blanco y oro, silencio y oreja con petición de otra y una oreja. -
Manuel Escribano,
de catafalco y oro, silencio tras aviso en ambos. -
Paco Ureña,
de rosa y oro, gran ovación camino de la enfermería en el único que mató -
Observaciones:
Saludó en banderillas Ángel Otero en el cuarto. Ferrera salió a hombros. Al finalizar el festejo, el cirujano jefe de Las Ventas, D. Máximo García Padrós, emitía el siguiente parte: «Durante la lidia del 4 toro ha ingresado en la enfermería el matador Francisco José Ureña Valero, con herida por asta de toro con orificio de entrada en el 1/3 superior cara anterior muslo izquierdo y una trayectoria ascendente hacia fuera de 20 cm de longitud rodea el músculo sartorio y alcanza espina iliaca anterosuperior, y otra trayectoria hacia atrás de 10 cm que contusiona la arteria femoral y alcanza la cara anterior del fémur. Pronóstico grave.»
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Toro guapo fue el sexto, segundo del lote de Ureña, que por la cogida lidió Antonio Ferrera. Vistoso fue su saludo de capa. Su sentido del espectáculo lo llevó a montarse en el caballo de picar y marcó dos puyazos de tres en toda la yema. Se bajó del equino a la velocidad del rayo y firmó dos chicuelinas y una serpentina que hicieron crujir la plaza. Luego vino una gran bronca, al negarse el presidente a cambiar el tercio y no contar los puyazos del matador. Tuvo el gesto de brindar al compañero herido. En la dicotomía entre un presidente en contra del espectáculo y un torero que quiso darlo, se llevó la partida el torero. Ferrera volvió a torear con personalidad al bueno de Adolfo. Lo manejó con vistosidad por ambos pitones y volvió a matar andando de frente al burel. Esta vez tuvo que echar mano del descabello. Sirvió para que paseara otra oreja y se le abriera de par en par la puerta grande.
A sus dos toros recibió a portagayola Manuel Escribano, esperando una barbaridad ante la salida al paso de sus dos cornúpetas. Protagonizó los dos tercios de banderillas, con más brillo ante el quinto. La embestida sosa de su primero no permitió apenas faena. El quinto tuvo mucho que torear y destacó una tanda diestra del sevillano en una faena larga de más. Silenciado en su lote.

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Enlace de origen : La tragedia para Ureña y la gloria para Ferrera con los «adolfos»