
Juan Julio González González (Cartagena, 1955) pasó años de su infancia en La Palma y me cuenta que desde hace muchos más vive en Madrid, … activo en el terreno musical, al componer óperas que se han estrenado incluso en Portugal. Lo podemos encontrar en Youtube o en Spotify como JJ Carmen. Su tema más conocido es Adagio 5, bastante escuchado en Estados Unidos y en Japón, nada en España. Después se dedicó a componer para piano.
Él y sus amigos del grupo Osiris, tal y como me indica, fueron el reflejo de una generación de trabajadores que soñaban la música mientras levantaban barcos en los astilleros, recorrían carreteras interminables y tocaban hasta el amanecer en cualquier rincón donde hubiera ganas de bailar. Esta no es solo la historia de una banda. Es la historia de una época.
Lo escuchamos: «Todo comenzó en Cartagena en 1970, cuando apenas teníamos catorce años. Éramos unos chavales obsesionados con la música. Escuchábamos a Creedence Clearwater Revival, The Beatles, Rory Gallagher, Eric Clapton, y todo aquello que sonaba a rock y blues y alguna otra cosa más. Nuestro sueño era tocar canciones en spanglish (que todos hemos ejecutado), para convertirnos en una banda como aquellas a las que admiramos. Los primeros ensayos y actuaciones nacieron en las Escuelas de LaSalle». Allí, en el salón de actos, entre festivales escolares y fiestas improvisadas, subieron por primera vez a un escenario.
Eran cuatro muchachos llenos de ilusión, con más ganas que medios. La formación original de Osiris estaba compuesta por Antonio Cáceres en la batería, Juan Manuel Mediano al bajo y voz, Santiago Mediano en la guitarra rítmica (ambos hijos del escritor costumbrista Juan Mediano Durán) y Juan Julio, guitarra y voz.
Muy pronto descubrieron una realidad difícil: los instrumentos costaban dinero y vivir del rock era prácticamente imposible en aquella época. Si querían seguir adelante tenían que adaptarse al mercado. Así fue como Osiris pasó de ser una banda juvenil con ganas de rock a convertirse en una orquesta para el baile. Después vinieron las incorporaciones de músicos extraordinarios como Juan Mompeán y Leopoldo Polo en la voz, Paco García en el bajo y la guitarra, Antonio Nieto al saxofón y clarinete y Alfonso Fernández en órganos y sintetizadores.
Lo que empezó como una necesidad económica terminó definiendo una identidad durante años. Los domingos tocaban en el salón de actos de la escuela, aunque comenzaron a salir actuaciones pro viajes de estudios, fiestas juveniles, celebraciones, asociaciones de ingenieros. Osiris ya sonaba, aunque el gran salto llegó con las matinales del Cine Mariola.
Aquello era otro nivel. Casi todos trabajaban en la Empresa Nacional Bazán, en los astilleros de Cartagena. Por la mañana eran trabajadores del metal y de noche, músicos. Se sucedían jornadas agotadoras, del trabajo al ensayo o a la actuación directamente. Dormían escasamente, viajaban mucho viviendo cansados, pero jamás perdieron el compromiso con la música. Nunca la vivieron desde la bohemia, para ellos era otra jornada laboral. Había disciplina, esfuerzo y sacrificio. Aquella doble vida les hizo fuertes.
Verano y turismo
La Manga se convirtió en uno de sus centros de operaciones más importantes. Cuando la zona comenzaba a explotar turísticamente, ellos actuaban en lugares míticos como los hoteles Galúa y Cabana o La Pantera Rosa. Vinieron salas emblemáticas como La Carroza de Murcia y Cartagena, Sancho Panza, La Barraca, El Capitel, Acuario, La Cubera y muchísimas más. Había semanas en las que apenas paraban en casa. Su circuito pasaba por Cartagena, Murcia, Lorca y Águilas. Y prácticamente todas las fiestas patronales de la región, hasta las Hogueras de Alicante y la plaza de toros de nuestra ciudad.
Recuerdan actuaciones junto a Camilo Sesto, Peret, Dany Daniel, Los Diablos, Los Módulos, Los Canarios y Triana, entre otros. Una gran oportunidad de aprender observando a músicos que eran figuras. Contaron con varios representantes y managers durante aquellos años, entre ellos Producciones Pujol y Espectáculos Alexsan.
Pero el tiempo pasa para todos, el desgaste era evidente. Llegaron las responsabilidades familiares, el cansancio acumulado y la sensación de que mantener aquel ritmo era cada vez más difícil. No hubo grandes discusiones ni rupturas dramáticas. Simplemente llegó un momento en que seguir era demasiado duro.
En septiembre de 1980 colgaron los instrumentos. A pesar de ello recibieron una oferta del dueño de La Carroza de La Unión para tocar en Nochevieja. Era una propuesta imposible de rechazar, llegando con ella inevitablemente a la última actuación. Allí se despidieron de diez años de esfuerzo, ilusión y noches eternas, contemplando con emoción a la gente bailar delante de ellos. Añade Juan Julio: «No existía la tecnología de hoy, ni redes sociales, ni caminos rápidos hacia el éxito. Todo dependía del directo, del trabajo y de la capacidad de conectar con el público».
Hasta aquí la historia de unos muchachos de Cartagena que soñaron el rock y terminaron acompañando la vida, las fiestas y las noches de miles de personas.

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Enlace de origen : Osiris, de rockeros a conjunto de baile