
La reciente visita de León XIV a España no solo ha sido histórica por su duración –siete días cargados de actos multitudinarios–, sino sobre todo … por los mensajes que deja y que adquieren un significado especial, de mucho calado y profundidad, en el actual contexto político y social. Posiciones coherentes con las líneas ideológicas y espirituales de la Iglesia católica, pero que ganan relevancia cuando se condensan en tan corto espacio de tiempo y ante multitudes populares, me atrevería a decir que inéditas en muchos años en nuestro país. La movilización ciudadana que hemos podido ver esta última semana en Madrid, Barcelona y Canarias nos conduce a una afirmación irrefutable: el Papa es el único líder mundial capaz de congregar tales masas de seguidores y sin que se hayan resgistrado incidentes destacables; todo lo contrario, su estancia ha convertido el enfangado terreno de lo público en una balsa de aceite. No existe ni un solo político en el planeta que ostente, siquiera mínimamente, el poder de convocatoria del Pontífice, ni que aglutine en torno a su figura sensibilidades ideológicas diametralmente opuestas. Y todo ello a pesar de los errores que haya podido cometer la Iglesia –el más grave, sin duda, la ocultación de casos de abusos y pederastia en el seno del clero– y de la aparente crisis de una religión fuertemente arraigada en nuestras costumbres, en la familia y en innumerables aspectos de nuestro día a día.
Los mensajes de León XIV contra la polarización y el enfrentamiento permanente, y a favor del entendimiento y el respeto al prójimo, por supuesto incluidos los migrantes que cruzan nuestras fronteras con una mano delante y otra detrás, han sacudido nuestras conciencias y nos han empujado a hacer un ejercicio de recapacitación y reflexión esencial en nuestro trepidante y absorbente ritmo de vida enfocado la mayoría de las veces a satisfacer el ansia material e intrascendente frente a lo espiritual y emocional. Pero Robert Prevost no solo ha hecho referencia en sus discursos a las cuestiones morales, sino que ha entrado de lleno y sin rodeos en asuntos tangibles, polémicos y presentes en primera línea del debate político en España y en la Unión Europea, con el fenómeno de la inmigración y la tragedia humana que lo rodea como emblema de su histórica gira, justo cuando la UE acaba de activar el Pacto de Migración y Asilo que establece más controles fronterizos y expulsiones aceleradas para los ‘sin papeles’. De todas las frases pronunciadas por el obispo de Roma en las distintas alocuciones protagonizadas en nuestro país, me quedo con una expresada en el ‘muelle de la vergüenza’ de Gran Canaria: «Europa no puede acostumbrarse a que el mar sea un cementerio sin lápidas». Y la verdad es que el drama de las pateras empieza a ser asumido por la sociedad como una consecuencia irremediable de las mafias que trafican con seres humanos que buscan una vida mejor en la tierra prometida.
En su intervención en el Congreso ante los representantes de las Cortes Generales, el Pontífice señaló que «la situación de los migrantes y refugiados exige una respuesta que mire a las personas, afronte las causas que las obligan a partir y vaya más allá de la mera gestión de flujos. De ahí nace –incidió– una doble exigencia de justicia social: ofrecer vías seguras y legales, una acogida respetuosa y posibilidades reales de integración». Una posición que choca frontalmente con las radicales propuestas de partidos como Vox, e incluso con la posición del PP al admitir la «prioridad nacional» en sus pactos con la formación de Santiago Abascal. Y colisiona también con las pretensiones de Junts, socio capital del Gobierno de Pedro Sánchez, de controlar las competencias migratorias para precisamente retringir la llegada de extranjeros a Cataluña, como si esta comunidad no formara parte del Estado español.
No existe ni un solo líder político en el mundo que ostente el poder de convocatoria del Papa, ni que aglutine en torno a su figura ideologías tan dispares
León XIV no dudó asimismo en defender la postura tajante de la Iglesia contra los derechos al aborto y la eutanasia, cristalizados en leyes por los gobiernos españoles de izquierdas al tiempo que han sido siempre duramente criticadas por la Conferencia Episcopal Española. «¿Puede llamarse plenamente justa una comunidad que deja en la sombra al niño aún no nacido, al anciano, al enfermo, a quien sufre en silencio o a quien depende enteramente del cuidado de los demás? La defensa de la vida humana no es una cuestión parcial ni un interés confesional: es una meta de civilización. (…) la ley pierde su significado más profundo: servir y proteger a cada persona», promulgó el Papa desde la presidencia de la Cámara Baja.
Lo más sorprendente es que el PSOE, el PP, Vox, Junts, ERC… todos coincidieron en que el discurso del Pontífice resultó «totalmente acorde» (Félix Bolaños) con su propio pensamiento y por eso lo respaldaron «al cien por cien» (Alberto Núñez Feijóo), sin detectar «ninguna incoherencia» (Santiago Abascal). Pese a las duras críticas de León XIV al amparo legal de la interrupción voluntaria del embarazo y de la muerte asistida, los socialistas se arrogaron las palabras del Papa sin miramientos, del mismo modo que el resto de fuerzas políticas. Sucedió algo comparable a las reacciones de una noche electoral: todos ganan, nadie pierde, por muy contundentes que sean los resultados que arrojen las urnas. Se interpretan los hechos como mejor convienen a los intereses partidistas. De ahí que la instrumentalización del mensaje de León XIV para nada resulta extraña ya a estas alturas, aunque sí ahonda en la falta de criterio y las reiteradas incongruencias de no pocos representantes públicos.
La memorable ovación del Congreso a Prevost –siete minutos de aplausos–, merecida por el mero hecho de ser el primer Papa de la historia en intervenir en el hemiciclo, escondía cierta dosis de hipocresía en la mayoría de sus protagonistas, encantados de dejarse arrastrar por la popular ola del ‘huracán papal’ aunque en sus programas electorales y de gobierno se omitan o directamente se rechacen las proclamas del sucesor de San Pedro.

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