
Aunque el tesón sea una cualidad que se le presupone a los científicos, si no fuera por el azar o la serendipia – hallazgo valioso, afortunado … e inesperado que se produce de manera accidental o casual – muchos de los descubrimientos científicos más destacados no se hubieran producido o hubiéramos tardado más en descubrirlos.
Quizás uno de los hitos científicos que más se ha relacionado con el azar es el descubrimiento de la penicilina, que se inició con un suceso fortuito, cuando Alexander Fleming en 1928 observó que un hongo contaminante de una placa de cultivo olvidada en el laboratorio era capaz de eliminar bacterias de forma selectiva. Resulta paradójico que este antibiótico, descubierto por azar, haya salvado más de 200 millones de vidas y haya revolucionado la medicina moderna.
El descubrimiento de la actividad antitumoral del cisplatino es uno de los ejemplos más típicos de serendipia. En 1963, el doctor Rosenberg en la Universidad de Michigan quería conocer como afectaba la electricidad a la división celular. Para ello, literalmente «electrocutó» a la bacteria ‘Escherichia coli’ en un medio líquido en el que introdujo dos electrodos de platino. Como la bacteria dejaba de dividirse, rápidamente concluyó que la corriente eléctrica inhibía el crecimiento de las células. Sin embargo, al probar diferentes electrodos observó, con frustración, que solamente el electrodo de platino era capaz de inhibir la división celular. La formación accidental de cisplatino en estos experimentos constituyó la base de una nueva era en la quimioterapia contra el cáncer.
Pero como muestra de tesón no puede faltar el reconocimiento al doctor Barry Marshall, un médico australiano que puso en riesgo su salud para demostrar su teoría.
Allá por 1980, la comunidad científica relacionaba la aparición de las úlceras gástricas con el estrés, el exceso de picante o la acidez estomacal. Sin embargo, Marshall y su colega Robin Warren trabajaban sobre la teoría de que la causante de estas úlceras era la bacteria ‘Helicobacter pylori’. Como nadie les creía y cansado de este escepticismo, Marshall decidió infectarse a sí mismo bebiendo un caldo contaminado con ‘Helycobacter pylori’y a los pocos días desarrolló una úlcera gástrica. Este sacrificio le valió el Premio Nobel de Medicina, que compartió con Warren en el año 2005. Y es que la línea que separa al tesón de la suerte en la ciencia es muy delgada y como ya anticipó Louis Pasteur «la suerte solo favorece a una mente preparada».

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