Granier y el analgésico

Granier y el analgésico

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Es hora punta en el Granier que hay pegado a la Avenida de la Albufera. La M-30 corta todo, es una frontera histórica, laboral, cultural, económica. Una de esas fronteras invisibles que seguimos teniendo en las ciudades. El viernes por la mañana encierra esa promesa de último día de condena que pone a la gente triste y contenta y yo cruzo la calle sin mirar el pequeño rastro de mochilas y zapatos impares que suelen montar en la galería imaginaria que se crea al aire libre entre la puerta de la frutería y el puesto de la ONCE. Anoche canté. Tocamos Carey en el Café Berlín y fue bien. Tiendo a analizar mucho mis respuestas. Tal vez más que los propios hechos. Debe ser algún tipo de estructuralismo precoz. Tal vez incipiente. En todo caso, benigno. Por lo tanto, no pienso si fue bien en términos materiales, económicos, de reconocimiento, si afiné todas las notas, si se rieron de mis ocurrentes comentarios (unos originales, otros ya mil veces testados), sino que pienso qué creo que es ‘fue bien’. Qué es para mí que algo esté bien. Que cumpla las expectativas que me creo. Que las sobrepase. Que las ignore. Y la cola del Granier avanza muy poco. He ido a dos Granier en mi vida. El que tenía Tato al lado del estudio, en Carabanchel, y este de Vallecas, cerca de la casa de mi hermana, el sitio que frecuento cuando subo a Madrid a cantar, a grabar o a intentar hacer alguna de esas cosas con las que me gano la vida. Dos Granier de dos barrios con mucha historia y personalidad. Hay algo en esos sitios que me llama mucho la atención, y es la cantidad de atún que ponen para las tostadas. Es desorbitado. Es tan obvio que sobrepasa en mucho cualquier plan preestablecido sobre la cantidad de atún que puede llevar una tostada, que lo sirven aparte, en una especie de taza de cortado para que te lo sirvas tú mismo, para que seas consciente del ingente volumen de materia que han destinado para tu tostada.

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