Apenas una hora de caminata separan Piazza San Sepolcro de Piazzale Loreto. En pocos pasos dejamos las calles estrechas de trazado medieval, donde Milán nos … recuerda su memoria cristiana, por grandes avenidas dirigidas hacia Corso Buenos Aires. Es la transición entre el pasado y el presente, entre el casco histórico y la metrópoli. Pero todos aquellos que se acerquen al novecento italiano sabrán que son los límites de una tragedia. La mayor de todas. La que llevó a un país sediento de destino al término de la I Guerra Mundial hacia la barbarie más absoluta, en la primavera de 1945.
En San Sepolcro, una plaza acunada por una iglesia de casi mil años, un joven periodista asomado a un balcón reúne toda la rabia de una guerra para formar los Fasci di combattimento. Es 23 de marzo de 1919 y Mussolini pisa el escenario de la tragedia por primera vez. A su voz se va uniendo el grito de la plebe, camisas negras, lisiados de guerra, hombres con rabia en la garganta y manos necesitadas de sangre. La voz se rompe con los aplausos. Nace el germen del Partido Nacional Fascista, un movimiento llamado a cambiar el mundo y llenarlo de odio. Se acaba de alzar el telón de la historia.
El 29 de abril de 1945, el cuerpo de Mussolini cuelga inerte del techo de una gasolinera en Piazzale Loreto. Una multitud de milaneses ha salido a la calle para desahogar su miedo y frustración. Esos que hasta hace unos días lo aclamaban, ahora tratan sus restos como un animal. Lo patean. Se orinan encima. Le escupen. La guerra ha terminado, dicen en la radio. Los aliados están en las puertas de la ciudad. El fascismo ha claudicado y sus jerarcas se esconden de la justicia. Cae el telón de la historia con la sombra del dictador y su amante pendiendo del cielo de Milán, tan cerca del infierno. Antes de que el público abandone la mitad de la centuria, se acaba la función.
Soldado estadounidense, con un niño en brazos, en una calle de Roma, tras la entrada de las tropas norteamericanas en la capital italiana en 1944.
(EFE)
La razón de una historia
¿Qué sucedió en Italia durante los 26 años que separan estas dos escenas? Para responder a esta cuestión, Antonio Scurati (Nápoles, 1969) se ha inmerso en la mayor tarea que un escritor puede encomendarse. No se trata de escribir sobre hechos históricos, sino de situarse en el centro telúrico de los acontecimientos pasados y darles vida. Es el sentido de ‘M’, la pentalogía que trata de describir y entender el fascismo italiano desde sus cimientos hasta su colapso.
Acaba de llegar a las librerías de España la última entrega de la saga: M. El fin y el principio (Alfaguara). En ella se culmina la historia política de Mussolini, que es también el devenir de la Italia fascista y de buena parte del destino del mundo durante la II Guerra Mundial. Asistimos a los últimos meses de vida del Duce, a la locura de una guerra civil que partió en dos el país y que auspició la barbarie nazi en pleno territorio italiano. La última novela cierra un circulo doloroso y mantiene el pulso narrativo de una obra completa que está llamada a convertirse en un clásico de la narrrativa, por más que pasen las décadas.
De izquierda a derecha, los cuerpos de Nicola Bombacci, Benito Mussolini, Claretta Petacci (última amante de Mussolini), Alessandro Pavolini y Achille Starace exhibidos en la plaza de Loreto de Milán en 1945. Scurati justifica la ejecución de una manera soberbia, apelando a la piedad, que es posible, dice el autor, «quizá incluso debida, hasta para quien casi nunca la ha sentido».
Si en la primera entrega, M. El hijo del siglo, asistimos al nacimiento de Mussolini como agitador de masas hasta conseguir el poder en la Marcha sobre Roma y el asesinato de Matteotti en 1924, en la segunda, M. El hombre de la providencia, el Duce conquista todos los poderes del Estado y transforma una débil democracia liberal en un ente totalitario a la par que se consolida la construcción del imperio colonial en África. En ‘M. Los últimas días de Europa’, Scurati nos sitúa en la antesala de la II Guerra Mundial, con la visita de Hitler a Italia, la confirmación del eje Berlín-Roma y las leyes raciales fascistas, que desembocaron en el asesinato de miles de judíos italianos. En el cuarto volumen, M. La hora del destino, estalla la guerra y se narran las penosas expediciones italianas a Albania, Yugoslavia y Grecia, hasta el golpe de Estado que derroca a Mussolini en 1943.
Los cinco tomos forman una radiografía precisa de la historia del fascismo en Italia. Si alguien se preguntase cómo pudo suceder que en el país de Rafael y la catedral de Siena naciese una de las ideologías más mortíferas del siglo XX, bastaría con mirar de frente la obra de Scurati.
El peso del pasado
Una de los mayores aciertos de Antonio Scurati a la hora de estudiar y escribir la historia ha sido la de analizar sin ningún sesgo el mundo de ayer, como diría Stefan Zweig. El procedimiento consiste en situarse en el momento de la narración, en acompañar en los gestos cotidianos a los personajes que decidieron el rumbo de Italia, y no tratarlos como divinidades anquilosadas. De esta forma se humaniza a Mussolini en sus preocupaciones, en sus dolores de estómago, en sus horas de amor y desvelos, no para blanquear su acción criminal, sino para tratar de entender con todos los juicios que otorga la razón el porqué de esa tiranía que llevó al país a la barbarie.
Es precisamente un escritura valiente la que elige Scurati a la hora de describir el asesinato y posterior apaleamiento de los cuerpos de Mussolini y Clara Petacci, su última amante, en Piazzale Loreto de Milán. Y lo justifica de una manera soberbia, apelando a la piedad, que es posible, dice el autor, «quizá incluso debida, hasta para quien casi nunca la ha sentido». La escena del escarnio contra los cadáveres se lee como un descenso a los infiernos, la locura desatada y al respuesta infame hacia unos años aún más infames todavía. En palabras de Sandro Petrini, partisano y futuro presidente de la República Italiana, «la insurrección se ha deshonrado a sí misma» en referencia a los sucesos de Piazzale Loreto. Scurati tiene muy presente esta afirmación a la hora de escribir los cinco libros.
Benito Mussolini ante el Coliseo Romano.
(EP)
La maldad absoluta de los años del fascismo no impiden al narrador honesto describir también los atentados organizados por grupos de resistencia, o los bombardeos aliados que dejan, por ejemplo, en Milán, más de doscientos muertos, la mayoría niños, en la conocida como masacre de Gorla. Porque es la historia pura, en su máxima sinceridad, y solo quien asume el mandato de contar la verdad experimenta la certeza de escribir con absoluta libertad.
Una llamada al presente
Scurati ha escrito un monumento a la memoria europea. Su método híbrido no renuncia a ninguna de las dos premisas necesarias para componer una obra mayúscula: adopta un estilo narrativo propio y no renuncia a la objetividad a través de testimonios contemporáneos. De esta forma, el lector encuentra constantemente un hecho novelado que no se separa ni un ápice de la verdad. Para construir la ficción literaria el autor se apoya en telegramas, diarios personales de los protagonistas, artículos periodísticos o declaraciones políticas. El lector tiene la sensación, tras culminar la más de tres mil páginas que componen los cinco tomos, de que tiene entre sus manos las Historia con mayúsculas, contada por cientos de voces que apuntalan la historia cotidiana.
Scurati siente la necesidad narrativa de desarrollar el pasado no como un mero artificio, sino como un gesto de responsabilidad con sus contemporáneos. Los cinco libros que completan la saga actúan como un recordatorio de lo que fue el fascismo y cómo anidó en el seno de muchos de los hogares italianos. No surgió como un hecho aislado, una tormenta que desata la tragedia en un país, sino que se fue construyendo poco a poco, voto a voto, silencio tras silencio, como una consecución de tragedias, connivencias y ambigüedades políticas que desembocaron en un callejón sin salida.
Queda la memoria de aquellos días y la palabra del presente, parece decirnos Scurati. Queda la voz del pasado que nos recuerda que todo puede repetirse, que los cimientos de la nueva Italia se construyeron también con olvido, por eso cierra el último libro una veintena de biografías de los jerarcas fascistas que sobrevivieron a Piazzale Loreto. Apabulla comprobar lo tarde que llegó la justicia en algunos casos, lo cimentada que estaba la República Italiana de los años cincuenta en las miasmas del pasado fascista.
Sin embargo, Scurati, y de aquí su valentía y grandeza intelectual, no cae en el populismo de banalizar el fascismo y asimilarlo con el rival político de turno. Por supuesto que hay riesgo de repetir el pasado. No hay nada más que trazar el camino de muchos líderes políticos actuales y sus declaraciones. El ganador del premio Strega en 2019 alerta de esa pulsión humana que aparece de tanto en tanto en la historia y que es favorecida por la amnesia. Los pueblos deben conocer su pasado no solamente para no repetirlo, sino para no glorificarlo ni frivolizar sobre él. De Piazza San Sepolcro a Piazzale Loreto apenas hay una hora de paseo, pero la memoria de los muertos debería alertarnos de que incluso los caminos más fáciles son olvidados por la ignorancia del presente. Ese es el motivo que ha llevado a Antonio Scurati a escribir ‘M’. Leerlo es un antídoto para los males que nos acechan.
Reflexión política y memoria de Italia para estructurar el presente
Antonio Scurati nació en Nápoles, en 1969. Profesor en la Universidad de Milán y colaborador desde hace décadas en diversos medios de comunicación, combina su labor de investigación con la reflexión política y la memoria de Italia como forma de estructurar el presente. Además de M., la pentalogía con la que radiografía el fascismo italiano, ha publicado otras novelas aún no traducidas al español. También es autor de una obra ensayística extensa que versa sobre los límites del poder y la violencia como manera de ejercerlo.

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Enlace de origen : Una historia del fascismo, según Antonio Scurati