
Zubizarreta, Chendo, Andrinúa, Sanchís, Gorriz, Villarroya, Michel, Roberto, Martín Vázquez, Butragueño y Salinas. Recito de memoria el once de España en la tarde en la … que Yugoslavia nos echó de Italia 90 porque Michel agachó la cabeza y el libre directo de Stojkovic dio el pase a cuartos de final a la selección balcánica. Sin embargo, he tenido que mirar en Internet qué rivales tuvimos en el último Mundial de Catar 22 y he ido a YouTube a ver la tanda de penaltis contra Marruecos para recordar que Busquets, Sarabia y Carlos Soler fallaron los tres lanzamientos y, como había pasado 32 años antes, nos volvimos a casa en octavos.
Hablo con los de mi generación y me tranquiliza saber que no soy el único al que le pasa esto. Que a muchos nos sucede: frescos los recuerdos de niño, de cuándo un Mundial era ese acontecimiento que provocaba que tu pequeño mundo se detuviera en seco. No había otra cosa. No importaba otra cosa. Y muy difusa, cuando no borrosa, la memoria futbolística más reciente. Por eso, cuando varios compañeros me cuentan que sus hijos han trasnochado estos días para ver de madrugada a Corea del Sur o Paraguay en este arranque mundialista he vuelto a caer en que prácticamente todos mis recuerdos están marcados por el fútbol.
Se me han olvidado muchas cosas: aquel verano de la Macarena en las fiestas de La Azohía, el viaje de estudios a la Expo de Sevilla de 8º de EGB, el nombre del compañero de pupitre del instituto que tiraba libros y apuntes por la ventana del Isaac Peral o las bodas de mis primas de Almería. Solo recuerdo una en la que ElPozo y el Polaris se jugaban el título y nos tuvimos que buscar la vida para ver la final en un bar en mitad de la nada. Con 9 años, yo sabía que Poznan estaba en Polonia, Malmö en Suecia, Bremen en Alemania, Groningen en Países Bajos, Larisa en Chipre y Graz en Austria. Y no porque fuera un niño prodigio -de altas capacidades, que se dice ahora-. Era así porque me sabía de memoria las eliminatorias y resultados de la Copa de la UEFA y la Recopa. Me leía el Marca entero. Y aún hoy recuerdo perfectamente qué hacía o con quién estaba cada vez que España la pifiaba en un Mundial o una Eurocopa.
Acababa de cumplir 6 años cuando el 12-1 a Malta y tengo viva la imagen de toda mi familia dando saltos en la peluquería de mi madre, que era además el salón de casa. Mi abuelo Eduardo, incapaz de decir el nombre de tres jugadores de la selección ni de llegar a entender la regla del fuera de juego en sus casi 91 años de vida, también aplaudía esa noche. Y eso me hizo intuir que aquello era especial. Me levanté de la cama en mitad de la madrugada para ver los cuatro goles de Butragueño a Dinamarca en Querétaro en México 86.
De Italia 90 recuerdo las peleas con mi hermano porque él quería que el central que acompañara a Sanchís en el eje de la zaga fuera Andrinúa (Athletic) y yo, Gorriz (Real Sociedad). Y también del salto del camerunés Oman Biyik en el partido inaugural contra Argentina. Y de Maradona insultando a los italianos que pitaban su himno en la final. De USA 94 me acuerdo de mi amigo David, a quien seguimos llamando Salinas en nuestras pachangas e incluso fuera de ellas, huyendo de casa para no seguir escuchando los reproches de mi hermano (entonces ya apodado Andrinúa) tras el fallo del ariete vasco ante Pagliuca.
En la final de Francia 98 me fui a la cabina telefónica a llamar a Isabel, que estaba haciendo un curso en Gijón, y me comí una cola de más de una hora. En La Azohía entonces solo había dos cabinas. Y ningún móvil. Cuando regresé, Didier Deschamps ya estaba levantando la copa. Y los gabachos del camping se bañaron de noche para celebrarlo. El disgusto de Corea en 2002 me lo comí en casa, otra vez con David. Se sumó Gonzalo esta vez. Y al final nos echamos unas risas con los sobacos de Camacho y un anuncio con la canción de Marta Sánchez ‘Vivo por ella’ que se colaba una y otra vez en el directo.
En 2006 quedamos en mi casa de recién casado para jubilar a Zidane. Mi primo Nicolás iba con Italia, pero lo disimulaba bien. Ahí estábamos casi todos y el disgusto no cambió el plan: los cubatas nos los tomamos igual. Y aquella copa la terminaron ganando los italianos. La final de Sudáfrica la vimos en el piso de Raúl Rubio, alias Dragonpat, en La Vaguada, y aquello fue la leche. Veníamos más que servidos, tras la Eurocopa de 2008 que disfrutamos en casa de Raúl Corcuera, alias Gaizka Mendieta, en Pozo Estrecho y, sobre todo, por la alegría y posterior fiesta tras el ascenso del Efesé en Alcoy en 2009. Pero con el gol de Iniesta se nos fue la pinza.
Del ridículo de España en 2014 solo recuerdo el golazo de Van Persie a Casillas. Y que el histórico 1-7 de Alemania a Brasil me lo perdí porque entonces estaba picadísimo con el tenis y mientras Klose, Muller y Kroos destrozaban a los anfitriones yo estaba pasando bolas en Los Alcázares con mi amigo Pedro. En 2018 estaba recién nacida Martina y la eliminación contra Rusia me pilló dándole el biberón. En 2022, cuando nos echó Marruecos, estaba en la redacción, escuchando a la pequeña central lechera madridista de Monteagudo despotricar de Luis Enrique. Le estaban esperando en la curva, claro. Y también he tenido que mirar en Internet a quién le marcó Oyarzabal en la final de la última Eurocopa. Fue a los ingleses, sí.
En los cuartos de final, cuando Mikel Merino nos clasificó para semifinales con ese gol en el último minuto a Alemania, pasó una cosa tremenda: Víctor Rodríguez, actual director, lo vio antes porque su tele iba con algo de adelanto e intentó reprimir el grito. Estaba avisado. No queríamos que hiciera ‘spoiler’ al resto. Y el cuerpo se le movió de tal manera que yo no sabía si le estaba dando un apechusque. Las cosas del fútbol, ese deporte que Infantino nos quiere robar. Él y otros muchos. Pero, de momento, nuestras vidas se pueden recorrer y explicar de Mundial en Mundial.

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