Movimiento en el parque inmobiliario más señorial de Murcia. Las últimas operaciones que han trascendido en torno a construcciones nobiliarias hablan de un patrimonio histórico … en plena transformación, con los riesgos y oportunidades que traen los nuevos tiempos. El cambio más reciente afecta a la mansión de los condes de Montemar (calle Escultor Nicolás Salzillo, 5), que estrena dueño. Era una de las pocas propiedades blasonadas de la capital que todavía mantenían su uso residencial; ahora, tras su adquisición por el empresario Luis Miguel García de Andrés (al frente de la compañía que engloba a Nueva Cocina Mediterránea y Pastelería Luis Miguel) a la familia Pasqual del Riquelme, se convertirá en un espacio cultural y un hotel ’boutique’.
Montemar se suma así a la lista de inmuebles de porte que pertenecían a sagas familiares de renombre y que han pasado a manos de grandes fortunas, grupos empresariales e instituciones de la Administración. Sigue la estela de otro palacio, el de Almodóvar (plaza Santo Domingo), también llamado de Santa Cruz por sus primeros dueños. En 2020, Profusa (la división inmobiliaria del ‘holding’ Fuertes) se hizo con la céntrica edificación, que tiene por delante una reforma en profundidad para darle un uso cultural, gastronómico y comercial. Mientras, el palacio Pacheco, junto a la filmoteca regional, podría realizar el viaje inverso. Propiedad de la empresa Construcciones Iniesta, la Confederación Hidrográfica del Segura (CHS) se ha interesado por comprarlo para ampliar las dependencias de su sede principal, en el anexo palacio Fontes, la magnífica vivienda nobiliaria que da nombre a este rincón urbano.
Palacio Fontes, sede de la Confederación Hidrográfica del Segura.
(J. Carrión / AGM)
Montemar, Almodóvar, Pacheco y Fontes representan solo una muestra de la arquitectura civil barroca que fue la gloria de la Murcia del siglo XVIII y que sobrevive a duras penas. Otras muchas edificaciones residenciales similares no corrieron la misma suerte. Una investigación del historiador del arte Álvaro Hernández Vicente apunta que la ciudad llegó a contar con un centenar de mansiones señoriales, de las que apenas se ha conservado una veintena. «Es la mayor destrucción en la historia de Murcia. Solo la apertura de la Gran Vía acabó con una docena de palacios, además de los baños árabes de la calle Madre de Dios y dos conventos», recuerda el experto.
Una de las estancias de la planta noble de la mansión de Montemar, cuando aún estaba habitada.
(LV)
La pérdida de este patrimonio comenzó en el XIX, con los procesos de desamortización, y llegó hasta los años 70 del pasado siglo. El rastro del ‘tsunami’ de destrozos se puede seguir todavía en el callejero urbano, que deja constancia de los nombres de los linajes en los emplazamientos donde se alzaron sus residencias, como la plaza de la Puxmarina (por los Puigmarín, de origen catalán y fundadores de La Raya) y las calles Zarandona, Manfredi y Alfaro, entre otras. Sobre fachadas modernas y sin personalidad, lucen aún las piedras armeras. En su estudio, Hernández señala que las viviendas nobiliarias se localizaban en los ejes principales (por ejemplo, alrededor de la Catedral) y en entornos «de interés económico y social», como la actual plaza de Santa Catalina, donde estuvo la lonja del contraste de la seda.
Con el final de la Edad Media llegó la mudanza a los entornos urbanos: la nobleza murciana empezó a abandonar sus castillos en las afueras para levantar en la ciudad sus residencias. Ya en el siglo XVII se inició un proceso de renovación de las casas señoriales, dando lugar al modelo arquitectónico más extendido: una construcción de tres alturas; en el entresuelo, las zonas de servicio; las estancias nobles en la planta principal, y cámaras de almacenaje y desvanes arriba del todo. Sobre la portada de piedra lucía el escudo de la familia, con una decoración que podía ascender hasta el balcón principal.
Señala Álvaro Hernández que las residencias de las familias más pudientes llegaban a contar con jardines en la parte trasera. Así ocurría con la de los Moñino, que disfrutaba de una zona verde privada de recreo en lo que hoy es la plaza de San Juan. De la construcción original solo queda la fachada. Los interiores se perdieron con el paso del tiempo; albergó el hotel Arco de San Juan y ahora vuelve a estar en obras para convertirse en el primer establecimiento hotelero de cinco estrellas de la ciudad, tras su adquisición por el grupo Fuertes en 2022. Algunos expertos cuestionan el alcance y el resultado exterior de esta última reforma.
Palacio de los Moñino, en obras para albergar el primer hotel cinco estrellas de Murcia.
(Andrés Molina / AGM)
El ‘fachadismo’ hace mella en un patrimonio aristocrático del que quedan pocos ejemplos; los escasos edificios que sobreviven apenas guardan sus interiores originales
Era la segunda operación de compra relacionada con edificios nobiliarios que protagonizaba la familia dueña de El Pozo. Dos años antes ya se había hecho con el palacio Almodóvar (este también tenía un jardín en lo que hoy es la plaza del Romea) para convertirlo en un espacio destinado al ocio, el comercio y la cultura. Dirigidas por el arquitecto Paco Sola, las obras todavía siguen y por delante queda al menos un año más de trabajos. En el sótano, el proyecto prevé la recuperación, a una cota de tres metros por debajo del nivel de la calle, de la muralla árabe, que ya se había documentado. También se conservarán elementos originales de los interiores del palacio, aunque la promotora no ha concretado cuáles podrían ser. Parece que de esas decoraciones no quedaba mucho cuando comenzó la reforma, tras los diferentes usos públicos y privados que ha tenido el inmueble. Imágenes de archivo muestran, por ejemplo, una colorida ornamentación en el techo del hueco de la escalera, con casetones y escudo.
Mansión de los Pérez Calvillo, hoy Casa del Mapa; portada del palacio de los Riquelme (Museo Salzillo) y decoración en el techo del hueco de la escalera del palacio Almodóvar (plaza Santo Domingo)..
( Andrés Molina (AGM) / LV)
Como lamenta el investigador Hernández Vicente, en Murcia, el problema de la conservación de estas residencias señoriales es doble. Ha desaparecido el 90% de las construcciones aristocráticas, y de las que se salvaron de la piqueta poco se ha mantenido de sus estancias y distribución primitivas. Y menos aún del mobiliario, elementos decorativos y objetos artísticos, «perdiendo su esencia y parte de la memoria de Murcia». Ahora teme que la casona de Montemar (que por ejemplo tenía un oratorio privado en una de sus estancias) corra una suerte similar con el cambio de uso. Porque antecedentes no faltan.
Oratorio privado de los antiguos propietarios del palacete de Montemar.
(LV)
De los palacios de los Pérez Calvillo (plaza de las Balsas), del marqués de Fontanar (Arco de Santo Domingo) y de los González Campuzano (plaza del Romea) solo quedan las fachadas. Los tres funcionan como sedes de organismos oficiales y de empresas. También aparecen muy transformados los palacios de Saavedra (calle Rambla) y de la familia Poyo (calle San Nicolás), que dan servicio como residencias universitarias. De este último, en el interior solo permanecen como elementos originales algunas columnas de mármol del patio.
Riquelme y Vélez
El ‘fachadismo’ tiene más ejemplos en Murcia. Del palacio de los Riquelme que hubo en la calle Jabonerías solo permanece en pie su portada pero adosada a la sede del Museo Salzillo (calle Doctor Quesada Sanz), en el barrio de San Andrés. Y la del Huerto de las Bombas se puede contemplar, descontextualizada por completo, en el jardín del Malecón. No muy lejos, en el altar mayor de la iglesia de San Antolín permanecen elementos de la portada del palacio de los Vélez.
El historiador Gregorio Sabater, que también ha investigado sobre el patrimonio urbano, destaca que Murcia no ha seguido el ejemplo de otras ciudades como Sevilla, donde casas señoriales siguen habitadas por las sagas que las levantaron. «La nobleza murciana no ha mantenido esa vinculación con la ciudad», afirma Sabater, que imparte clases en la universidad de la capital andaluza. Cita así la Casa de Pilatos (residencia oficial de los duques de Medinaceli), el palacio de las Dueñas (del duque de Alba) y el palacete de la condesa de Lebrija, que funciona como casa-museo abierta a las visitas turísticas.
Palacios de los Aguado, en la plaza de la Puxmarina.
(LV)
Recuerda Sabater que la decadencia del patrimonio inmobiliario aristocrático coincidió con la pérdida de relevancia social de la nobleza. En su ascenso, la burguesía se hizo con algunas de estas viviendas, transformándolas en muchos casos ya en el siglo XIX, como ocurrió con el palacio de los marqueses de Beniel, en Trapería, que se convirtió en el hotel Patrón. En la capital del Segura siguen con su uso residencial palacios como el de los Aguado (calle Puxmarina), muy reformado, y el de Vinader (plaza del Romea), adquirido por la familia García Perea en el siglo XIX y que todavía mantienen la propiedad.
Vivienda burguesa de la plaza Hernández Amores, en 2022.
(Vicente Vicéns / AGM)
Viviendas burguesas que esperan su recuperación
El patrimonio residencial de Murcia no solo radica en los palacetes aristocráticos que siguen en pie. Repartidas por la ciudad quedan algunas mansiones que sirvieron de morada a una poderosa clase burguesa. En muchos casos, su estado de conservación también deja bastante que desear. Ocurre así con la mansión ubicada en la plaza Hernández Amores. Hace cuatro años,
un hundimiento en la techumbre debido a las lluvias provocó
importantes destrozos en la construcción, que data de finales del siglo XIX. El proyecto para la recuperación de este edificio protegido, a cargo ahora del arquitecto Juan Carlos Cartagena, continúa atascado, a la espera de que la dueña tome una decisión sobre si destinarlo a apartamentos privados o a un alojamiento turístico.
El futuro parece más despejado para el bloque de la calle Saavedra Fajardo, esquina con Granero y Andrés Baquero, que se transformará
en una cooperativas de pisos de lujo después de tres décadas de abandono.

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Enlace de origen : Los palacios de Murcia cambian de manos y de usos